Publicado: 28 de Octubre de 2016

Estamos en un período de grandes cambios en el ecosistema empresarial. Y, aunque duela aceptarlo, si no somos capaces de adaptarnos a ellos en solo unos años tendremos que bajar la persiana. No importa si eres un solo autónomo, una pyme o una gran compañía: la transformación digital afecta a todas las empresas.

Pero ¿por qué es tan importante dar ese salto tecnológico? Piensa en ti, por un momento, como consumidor y no como empresario. Recuerda cómo organizabas tus viajes hace una década y cómo lo haces ahora, cómo te informabas de la actualidad, cómo mantenías el contacto con tus viejos conocidos o cómo comprabas. Ahora seguramente en todas esas acciones Internet se habrá convertido en una herramienta casi imprescindible.

Vuelve a pensar en el empresario que eres. Si tus clientes están cambiando su forma de vida e integran las tecnologías en los hábitos de consumo, ¿no crees que hacer la transformación digital en tu negocio es prácticamente obligatorio?  No hablo de un futuro lejano, ni cercano si quiera. Afrontar este cambio es una cuestión del presente. De hecho, ya hay más de 3000 millones de personas en el mundo que utilizan Internet y unos 7000 millones de dispositivos conectados.

La transformación digital es más que tecnología

Lo que hay que tener claro es de qué hablamos cuando hablamos de transformación digital. Por error, muchos creen que se trata simplemente de una adaptación tecnológica y se conforman con crear un comercio electrónico o una abrir una cuenta en las redes sociales. Sin embargo, el reto es mucho mayor que eso. La transformación digital debe entenderse como una nueva revolución industrial.

Antes de nada, debes ser consciente de la posición en la que se encuentra tu empresa y su sector. ¿Qué futuro os espera? Es conveniente que investigues todo lo necesario para poder crear una estrategia a medio plazo. Quizá tu modelo negocio se esté agotando y es posible que tengas que empezar de cero.

En cualquier caso, la transformación digital es un cambio en todos los aspectos de una empresa: desde la organización hasta las técnicas de venta. Es una revolución que, efectivamente, implica el uso de más tecnología, pero también una nueva mentalidad y plan de negocio. Tener una estrategia bien definida es fundamental para abordar este salto.

¿Hacia dónde vamos?

Como decía, cada sector tiene unas implicaciones diferentes. No obstante, en general, hay algunas tendencias muy claras que se observan en todo el ecosistema empresarial:

Más servicios que productos

Cada vez estamos más interesados en compartir que en poseer. El avance de la economía colaborativa ha llevado a los consumidores a comprar servicios, en lugar de productos. Un buen ejemplo, son empresas como Ubber, Blablacar o Airbnb, que crecen a rápidamente.

Boom de los datos

Los productos inteligentes se están multiplicando. Se calcula que en 2020 habrá 20000 millones de dispositivos conectados. Este Internet de las Cosas (IoT) se plantea como un buen mercado para emprender o iniciar la transformación digital. Sin embargo, lo más interesante son los datos que nos permitirán obtener esos productos inteligentes.

La huella que dejamos los consumidores cada vez que utilizamos alguno de estos dispositivos es muy valiosa. Esa información masiva afecta a los negocios de dos formas distintas. Por un lado, ya supone una gran fuente ingresos para las compañías que venden estos datos a las empresas interesadas. Y, por otro lado, como la información es poder, los negocios que cuentan con esos datos tienen más capacidad para mejorar sus servicios o productos exactamente del modo en el que lo demanda el cliente. Es decir, que el llamado Big Data aporta un alto valor competitivo.

Omnicanalidad

Como consumidor sabes bien que ya no es suficiente con tener una web o una página en Facebook. Las empresas tienen que estar presentes y disponibles a través de todos los canales para que pueden establecer relaciones  bidireccionales con sus clientes de una forma sencilla.

Integración de la cadena de valor

La transformación digital implica el control total del producto: desde su fabricación hasta que llega a las manos del consumidor. Con la tecnología todo el proceso va a ser -ya es lo es en muchos casos- trazable en tiempo real, sin importar cuántos intermediarios haya de por medio.

Es decir, la compañía podrá seguir “el viaje” que hace un determinado artículo, de modo que sea posible planificar perfectamente la fabricación necesaria, la logística y la distribución. ¿Qué se consigue con esto? Un mejor control del stock y un servicio al consumidor final mucho más preciso, con lo que se reducen los costes económicos y se amplían las posibilidades de venta.

Innovación

En esta “revolución industrial”, los pequeños empresarios se enfrentan a las grandes compañías casi en igualdad de condiciones. ¿El secreto para competir? La innovación y una buena dosis de tecnología.

Articulo publicado por Nuria Molina en Infoautonomos